Recordemos a Haití

Recordemos a Haití

Haití nos recuerda el día que el mundo no estaba listo para vivir, el día que los negros le perdieran miedo al látigo y se convirtieron en estrategas militares, políticos de una de las colonias más productivas de su momento. Ni siquiera los abolicionistas blancos, dentro de sus prejuicios contextuales, podían concebir la idea de que un grupo de esclavos pudiera conseguir, no solo la abolición, si no la independencia total y definitiva de un golpe y sin ayuda. No cabe duda que el azote brutal de la esclavitud y el coloniaje latigó tan fuerte a los esclavos haitianos que los adelantó en la historia con un ideal revolucionario que no se limitaba a las costas de la isla.

Lamentablemente el resto del mundo continuaba sumergido en el vicio del poder acaramelado entre azúcar y sangre, y ni aún Bartolomé de las Casas pudo entender con claridad la humanidad que habitaba debajo de la obscura piel del africano. Como si para el obispo la menos obscura piel del indio fuera indicativa de mayor humanidad. ¡Santo de su tiempo! Hijo de la historia.

La historia nos muestra la ambigüedad moral de los colonos poderosos y también de los humanistas blancos. Atemperados por su tiempo, no veían la humanidad del negro y lo comparaban con bestias en necesidad de doma o seres humanos en otro nivel de humanidad. Lo cierto es que no es positivo pensar que la maldad o bondad, la violencia o victimización se localizan en el color de la piel o la nacionalidad. La historia de la humanidad nos muestra que más allá de las apariencias o creencias, el poder tiene una particular tendencia a destruir la empatía y a promover el discrimen. “El poder corrompe, pero la falta de poder corrompe absolutamente.” (Stevenson Adlai Ewing) Los poderosos ganaron la batalla de las letras, ignorando en la historia y los recuerdos el evento liberador y abolicionista haitiano. No había ningún blanco de quien escribir o por el cual sentirse orgulloso, además de la vergüenza, “las bestias” le ganan a los civilizados.

No es justo ni razonable juzgar la moral un tiempo desde el lente moral de otra época. Lo que nos interpela este recuerdo olvidado es buscar en la memoria nuestras propias ambivalencias. Las áreas en las que nos hemos creído salvadores y salvadoras de los insalvables. Como educadores podemos  sumergirnos en la idea de que no hay potencial en aquellos “alumnos” (sin luz) que pretendemos iluminar con nuestro conocimiento y experiencia.  En estos días recordemos a Haití y nos podremos sorprender del gran potencial que puede haber en el alma de quien se siente dueño de sí mismo y empoderado para luchar, construir y levantar.

También hace falta recordar los momentos en los que hemos sido victimizados, atesorar tales recuerdos para que nunca cometamos el mismo crimen. Tenemos que recordar para llevar en nuestros corazones la esperanza, seguridad y la osadía de que podemos alcanzar lo que no se espera de nosotros. Es momento de derrotar el pesimismo post-moderno con la esperanza bíblica, esperanza que se ve en la historia y en la vida.

Borrar de nuestros libros o nuestros recuerdos las historias que nos parecen vergonzosas nos llevarán a ver nubladamente el presente y a realizar juicios erróneos de la situación actual que vivimos. Lamentablemente no hay que leer de historias muy lejanas en el tiempo o recurrir a la ciencia racista o para escuchar sobre la inferioridad del negro cuando hace unos años un senador puertorriqueño presentaba proyectos basados en la fortaleza física y aptitud deportiva del negro  a la misma vez que lo descalificaba en la preferencia de adopciones.  Sería interesante saber con cuantos votos de negros el senador llegó hasta su cargo.

Sin embargo, hay que ver la historia con esperanza de una madurez humanitaria.  Aunque lenta y muchas veces injusta poco a poco se va abriendo paso al Reino de Dios, muchas veces por senderos misteriosos e inciertos como la revolución de Haití y el asiento de Rosa Park. Ayer y hoy la diversidad continúa diciendo vasta y exigiendo el trato igualitario, escalando a fuerza de pulmón su lugar en el mundo, con la ayuda de Dios.

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